FIRMADO POR...
RICARD RUIZ GARZÓN
Firmado por… es una sección de autor en esta página de autores colectivos, es una columna virtual en esta web con noticias reales, es un altavoz de la calle y la profesión sin rangos ni escalafones. En esta sección invitaremos cada mes a una persona a subirse a este podium de las letras para que clame y proclame a sus anchas. Unas veces será alguien de reconocido prestigio dentro de la profesión, otras lo será dentro del ámbito social y/o cultural y otras no será nadie con renombre pero sí con mucho que decir.
Firmado por… pretende convertir los puntos suspensivos en motivos de reflexión. Estáis todos invitados.


LA MORALEJA DEL ESCORPIÓN
Ricard Ruiz Garzón
Autor de “Las voces del laberinto” (PLAZA & JANES EDITORES, S.A.)
Ganador del I Premio “Miradas” de la Fundación Manantial

Del escorpión... Días atrás, cuando me dirigía hacia el hospital en el que la Fundación Manantial, en un alarde de generosidad que no le es extraño, tuvo a bien concederme la primera edición de su Premio Miradas por el libro Las voces del laberinto, me pasé gran parte del trayecto acordándome del escorpión. Y de la rana... Muchos de ustedes conocerán la fábula. A mí me la explicó un buen amigo, hoy fallecido. Dice la historia que un escorpión quería atravesar un río y le pidió ayuda a una rana para que lo transportara saltando de nenúfar en nenúfar. La rana, desconfiada, se negó, porque él era un escorpión y podía matarla. El escorpión la disuadió: ¿cómo iba a matarla si al hacerlo ambos caerían al río y él también moriría? La rana, poco convencida, acabó por acceder. Cargó al escorpión sobre sus espaldas y empezó a saltar sobre los nenúfares. A mitad de camino, sin embargo, sintió un aguijonazo fatal y supo que iba a morir. Mientras se hundía, giró su cabeza para pedirle una explicación al escorpión. Y éste, justo antes de ahogarse, la miró fijamente y le dijo, compungido: “Lo siento, es mi naturaleza”.
El amigo que me explicó esta historia se creía escorpión, aunque sólo lo era por su signo zodiacal. Se suicidó en un brote psicótico, pero antes de eso me habló mil veces de su fijación: él tenía una semilla autodestructiva, algo en su naturaleza lo empujaba hacia el abismo a su pesar. Como mi amigo, muchas personas se creen también escorpiones. Se creen en posesión de un veneno fatal, se sienten superadas por ellas mismas, o por sus mentes, o por sus más extremas emociones. A veces, toman decisiones incomprensibles que les hacen daño a ellas y acaban por hacer daño a los demás. Mucha de esa gente no hace sino explicitar la parte más sombría de sí misma, sin percibir que todos las tenemos y que en parte nos pasamos la vida rehuyéndolas. Algunas de estas personas que se creen escorpiones atraviesan puertas que los demás evitamos, a menudo por miedo o porque hay en su interior espejos en los cuales no nos gusta mirarnos, tal vez porque nos sitúan demasiado cerca de nosotros mismos y entonces nos damos cuenta de que ninguno de nosotros puede creerse demasiado normal.
Yo creo que Las voces del laberinto va sobre esa gente, por eso creo que es un libro sobre cualquiera de nosotros, incluidos los que a veces tienen la tentación de alejar a algunos y denominarlos ‘ellos’, marcando sin saberlo la frontera insensible del estigma. Hoy que la experiencia de escribirlo me ha convencido de que no hay nadie inmune, nadie vacunado contra los ataques de la enfermedad mental, hoy vuelvo a acordarme de los escorpiones. Y tras cinco años pensando en la rana y el escorpión me voy dando cuenta de que hay gente, como mi amigo, que cambia el sentido de la fábula. De que hay gente que prefiere alejarse en vez de hacer daño a la rana, de cómo hay personas que se creen escorpiones, lo sean o no, y acaban sacrificándose, administrándose dosis letales de su supuesto veneno, a menudo creyendo que el círculo de fuego acabará por hacerles atacar a quienes les ayudan. Se equivocan, sí, y acaban por equivocarse aún más, pero su equivocación fatal la cometen con frecuencia por amor. El mismo que a veces, injustos, les negamos. El que podría ayudarles, sin lugar a dudas, a olvidarse de las extrañas fábulas que los condenan a los más extraños laberintos.
Quién lo diría: hay escorpiones que, para dejar de serlo, tal vez sólo necesiten como antídoto que los demás dejemos de considerarnos ranas....